Jorge Fontán Balestra, caminos de un estructuralista

Darío Drucaroff 30 Abr 2016

Jugando al tenis y tras los pasos de un alemán se convirtió en uno de los estructuralistas más reconocidos de la Argentina





Ingeniero civil con especialización en estructuras, Jorge Fontán Balestra es uno de los ingenieros estructuralistas más reconocidos de la Argentina. Y una temática importante entre sus proyectos la configuran los puentes. Entre los más recientes se encuentran los metálicos “colorados” que cruzan la Av. General Paz, que bordea perimetralmente la Ciudad de Buenos Aires. En esta entrevista cuenta, entre otras cosas, por qué los puentes son obras singulares dentro de la ingeniería, y por qué contribuyó a crear Ingeniería Sin Fronteras Argentina.

- ¿Por qué sos ingeniero?

- El origen de mi pasión por la ingeniería, curiosamente, se produjo a través del deporte. De chico jugaba mucho al tenis y el padre de un compañero era ingeniero. Un día entre raquetazos -yo tenía unos 15 años- el padre de mi amigo me dijo que me veía con vocación de ingeniero. En mi familia no tenía a nadie cercano a la ingeniería, ni me había hecho test de orientación vocacional. Pero a partir de ese momento empecé a pensar más profundamente en mi vocación y llegué a la conclusión que el padre de mi amigo no se había equivocado: cuanto más pensaba en la ingeniería más me daba cuenta que el tema me apasionaba.

"Me la jugué por el ingeniero alemán"

- ¿Cómo llegaste a ser reconocido como uno de los estructuralistas más destacados de la Argentina?

- A mis 18 años falleció mi padre y por la necesidad de sobrevivir lo primero que se me ocurrió fue postularme como ayudante en las materias de la facultad que más me gustaban: matemáticas, estabilidad, composición estructural. Esa gimnasia me dio una base sólida como para sentirme seguro en el tratamiento de los temas estructurales. Una vez recibido, comencé a trabajar con un ingeniero alemán que jugaba tenis en el mismo club que yo. Él había trabajado en la empresa Grün und Bilfinger de Alemania y había logrado una muy buena formación teórico práctica, junto a los mejores estudios de ingeniería de puentes. Un día, mientras disfrutaba del tercer tiempo de un partido de tenis, me pregunta si no tendría interés en ir a trabajar con él. Justo tenía la posibilidad de ingresar en Techint, pero me la jugué con el ingeniero alemán, que además de ser una persona intachable, tanto en los aspectos técnicos como éticos de la ingeniería, estaba realizando un estudio sobre la reparación del puente Chaco Corrientes, y me interesó mucho la posibilidad de aprender más sobre el tema “puentes”. Después de un tiempo de aprendizaje, formé un Estudio de Ingeniería con el ingeniero Tomás del Carril para continuar con el desarrollo de la profesión y, en particular, de los puentes. Actualmente, soy socio del Estudio Fontán Balestra y Asociados. Mi entusiasmo por la ingeniería estructural motivó que mis colegas me distinguieran con la responsabilidad de presidir las Jornadas de Ingeniería Estructural en el año 1992 y de dirigir la Asociación de Ingenieros Estructurales de Argentina, en el bieño 1994-1995. Junto a del Carril lideramos el proyecto estructural del puente Reconquista - Goya sobre el río Paraná, aún no construido.



Obras que unen y vinculan

- Hace poco se inauguraron nuevos puentes en la Av. General Paz, donde tuviste una participación importante. ¿Es la obra de la que más orgulloso estás?

- Sin duda es una de las que estoy más orgulloso ya que el diseño que propusimos en el año 2001 junto al ingeniero del Carril introdujo la “forma” y el “color” en los puentes de una de las vías de mayor tránsito de la Argentina. Estas características volvieron a repetirse 12 años como consecuencia del nuevo ensanche de la Av. General Paz. Sin embargo, también me siento conforme con varias otras obras. En particular, con las que he ganado el Premio nacional "José Luis Delpini" que incluyen tanto los puentes en la Av General Paz como la recuperación del mural “Ejercicio Plástico” del pintor mejicano Siqueiros y los pintores argentinos Castagnino, Berni y Spilimbergo; la estación de subterráneos Olleros y el aeropuerto de Yerevan en Armenia. La obra del aeropuerto de Armenia tiene un significado especial ya que está situada en una zona sísmica muy elevada y los sismos son de las catástrofes naturales que más vidas cobran cuando las estructuras no se encuentran bien diseñadas. Es un desafío hacer buenos proyectos y seguros en estas zonas. Los aeropuertos también son de las obras que más unen y vinculan.


Detalle de estructura del Aeropuerto Yerevan.

- ¿Qué es lo primero que se le viene a la cabeza a un ingeniero cuando le piden hacer un puente?

- No sé a todos los ingenieros, pero a mí en particular unión, comunicación, vinculación. Son conceptos que los tengo adentro mío desde siempre y tal vez por eso es que los puentes siempre me han entusiasmado. El puente tiene un significado profundo que, incluso, es lo que ha originado la palabra “pontífice", si bien en este caso implica la unión entre el cielo y la tierra, entre lo material y lo espiritual en búsqueda de la unidad del ser. Por otra parte, siento que es un compromiso profesional importante. Las obras de puentes suelen ser de las más complejas dentro de la ingeniería y, hoy en día, las distancias que se salvan eran inimaginables hace algunos años. Trabajar en ingeniería de puentes implica poner en juego muchos de los conocimientos más complejos y capacidades adquiridas durante el aprendizaje universitario.

"Se requiere tener una mayor comprensión de la realidad"

- ¿Cómo llegaste a ser uno de los fundadores de Ingeniería Sin Fronteras (ISF-Ar)?

- Siempre me preocupó la dificultad que suelen tener los ingenieros de pensar en "términos más humanos". Adquirimos en la Universidad o en postgrados muchos conocimientos técnicos pero no los aplicamos en forma más integral, más holística, más multidisciplinaria. No solemos pensar tanto en las consecuencias sociales y ambientales de la aplicación de la tecnología. Esta es una de las razones por las que el desarrollo actualmente es tan poco sostenible. Soñaba con armar o formar parte de una organización desde la que se pudiera, tanto ayudar a las comunidades como incidir para lograr un cambio de mentalidad en los ingenieros. Hay casos donde se requiere tener una mayor comprensión de la realidad. En las comunidades aisladas, por ejemplo, es importante aprovechar los recursos locales y generar trabajo para sus habitantes. Traer excesivos recursos de afuera de la localidad puede ser eficiente pero contraproducente. Otro ejemplo puede verse en los procesos productivos. Si un ingeniero recibe el encargo de robotizar una fábrica para que produzca mayor cantidad de bienes en menos tiempo, seguramente lo va a lograr si es un ingeniero competente en su especialidad. Pero no se preocupará excesivamente si quedaron muchos operarios desocupados porque considerará que este no es su problema como ingeniero especialista que debe lograr procesos más eficientes. Otros se encargarán de ver qué hacer con esa gente. Lo mismo respecto al tema ambiental. Un ingeniero puede lograr un interesantísimo y eficiente procedimiento para producir metales puros pero es posible que le interese menos el grado de contaminación ambiental que se produzca y el control permanente que se requiere. Si bien las leyes y reglamentaciones actuales limitan el accionar del ingeniero y el avance tecnológico requerirá cada vez mayores especializaciones, me parece que el ingeniero, sin resignar el concepto de eficiencia, debe tener una visión más integral y multidisciplinaria de su accionar en la comunidad de la que forma parte. Y más, cuanto mayor sea su responsabilidad dentro de una organización. En su momento me interesé por todo lo que se llama desarrollo sostenible que implica, sintéticamente, agregar al desarrollo económico las patas social y ambiental que conforman el trípode de una sociedad sostenible. Me vinculé con otros ingenieros del Centro Argentino de Ingenieros y trabajé en el Consejo Directivo del Congreso Mundial de Ingeniería 2010. Desde este lugar, invité a participar del mismo a una ingeniera que era Directora de Ingeniería Sin Fronteras España. Ella no pudo participar, pero fue ahí que me interioricé sobre esta organización y sus formas de actuación en varios otros países. Busqué en Argentina y di con otras personas que ya estaban comenzando a pensar en una Ingeniería sin Fronteras Argentina, idea a la que me plegué con mucho entusiasmo para contribuir al desarrollo de esta organización.



- ¿Cuándo surgió tu vocación social?

- En la adolescencia. De chico comencé a hacer cosas tan poco racionales como por ejemplo ir a la villa La Cava con raquetas de tenis para divertir a los chicos, sin tomar clara conciencia que los chicos no tenían raquetas propias para continuar con esta diversión. Un día almorzando en casa con mis hijos, uno de ellos me puso sobre el plato un recorte del diario en el que la Red Solidaria buscaba a un ingeniero para ayudar con algunos trabajos en el Colegio Santo Domingo Savio -es al que van, precisamente, los chicos de La Cava-. Fui, me fijé de qué se trataba y me encontré con que necesitaban a un ingeniero civil para ayudar en la realización de nuevas aulas para impulsar la enseñanza de computación. Me contacté con algunos amigos y algunas empresas a los que les interesó participar en forma voluntaria. Terminamos la construcción con la ayuda de todos y un día, de sorpresa, las autoridades del Colegio me pidieron que vaya a la formación de la mañana y con todos los chicos formados me pidieron que izara la bandera. Fue un momento emocionalmente muy fuerte e inesperado. Esta gratitud de la comunidad a la que había ayudado me caló hondo e impulsó aún más mi vocación por los temas sociales. Posteriormente, creé una organización llamada “Cuenta Conmigo” y fui Director del Suplemento Solidario de la Revista Vivienda. Finalmente, participé en la creación de Ingeniería sin Fronteras Argentina.

- ¿Qué es lo que más valorás de ISF-Ar?

- Muchas cosas que sería largo detallar. Pero, particularmente, que en ISF-Ar se valora tanto lo “que” se hace como el “como” se hace. Siempre se está pensando en la gente: cómo capacitarla, cómo lograr que trabajen en beneficio, tanto de ellos mismos como de la comunidad, como lograr que valoren más sus logros individuales y colectivos. También la capacidad del grupo para profundizar los problemas y actuar en forma multidisciplinaria tratando de interpretar las necesidades reales de las comunidades. No puedo olvidarme de la calidez e integridad de su gente. Una actitud de vida que contagia. Juntos conforman como una gran familia con objetivos comunes y transparentes que permiten que todos tiren con alegría en una misma dirección potenciando el accionar colectivo y la conciencia global. Por último, la convicción que la creación de ISF-Ar ha respondido a una necesidad de nuestra sociedad, tanto ingenieril como no-ingenieril y en particular de los jóvenes, lo que puede verse al día de hoy en el crecimiento del número de socios (de diversas disciplinas) y en que su edad promedio es de 33 años.

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